Recuerdo con nostalgia los primeros días de universidad en los que la mezcla de nervios, ilusión y curiosidad se respirada en cada rincón. Después cada uno de nosotros evolucionamos hacia fases diferentes. Estaban los que se decepcionaron enormemente, los que no sabían qué pintaban allí, los encantados, los de la cafetería, los dedicados y la mayoría estaba formada por un grupo de post-adolescentes que estaba allí porque pensaba que eso era lo que tenían que hacer.
Todos te dicen que no te vas a enterar, que el tiempo pasa volando, pero tú sólo piensas en que cuatro año suena a eternidad, la cual puedes exprimir o dejar que pase sin más. Pero como la mayoría de las veces, de eso nos damos cuenta después. Tarde, siempre tarde.
Todo se acaba, creo que es de las pocas verdades que existen, y llega un día en que te preguntas qué narices ha sido de tus planes y expectativas. De tu promoción, a los cuatro (quizá sea exagerar, mejor digamos tres) que han tenido suerte les han hecho un contrato basura donde hicieron las prácticas. ¿Dónde están los demás? Aquí nos adentramos en el maravilloso mundo de los masters.
Decides invertir una suma de dinero desorbitada, nada es poco para tu futuro, en tres días de clase semanales, que te van a llevar directo a la cima de la empresa del momento (eso dice el panfleto informativo, esas cosas nunca mienten). Ya me contarás…
Si esta no ha sido tu elección, enhorabuena pasas a la fase de búsqueda de empleo. Buena suerte amigo. O no tienes los cinco años mínimos exigidos de experiencia que te piden o resulta que ya no eres universitario y ellos buscan a una persona a la que pagarle dos duros como becario. ¿Alguien me puede explicar cómo se consigue esa experiencia si todas las puertas te dan en la cara?
Sé que los comienzos no son fáciles y que hay que luchar y esforzarse por conseguir lo que se quiere. No pretendo que nadie me regale nada, pero llega un punto en que empiezas a cansarte.
A los que esteis estudiando, disfrutad ahora, lo que viene después no pinta muy bien.